En el Metro echo una ojeada al periódico deportivo de mi vecino de asiento: está leyendo una sección titulada "Un mundial de locos". Hoy esa sección cuenta el desalojo de un estadio alemán motivado por el hallazgo de una bomba de la Segunda Guerra Mundial en las inmediaciones. Curioso e interesante. Lo de la bomba digo. Justo ahora. 61 años después. Justo ayer. En estas seis décadas, ¿no se había realizado ninguna revisión de la zona? Pabernos matao. Sin embargo no es eso lo que me ha llevado a robarle unos minutos a la oposición para escribir esto, sino el hecho mismo de que un periódico cree una sección llamada "un mundial de locos".
Habrá que encontrar contenidos para llenar esa sección durante todo el mundial. Cada día. Si no aparecen y se quiere mantener la sección, habrá que recurrir a algo tan habitual en los medios de comunicación como forzar las cosas y buscarle la gracia a lo que no la tiene, recolectar hechos como si fuesen anécdotas. Pero es de suponer que si un periódico crea una sección asi, confía en que en efecto alrededor del mundial orbitará la locura, lo inesperado, la sorpresa y la anécdota verdadera. Hay una confianza metafísica en que lo singular ocurrirá y una decisión de hacerle sitio.
Tiene su importancia, porque durante muchos años sólo hemos estado en condiciones de esperar que ocurriese lo ya anunciado y, por tanto, en condiciones de no ver o de pasar por alto la singularidad, que sólo encontraba su espacio en la sección de sucesos, como el inhóspito afuera de la confortable rutina.
O tal vez "Un mundial de locos" sólo sea una nueva manera de nombrar la vieja sección de sucesos y la singularidad siga siendo en todos los casos la locura que altera el discurrir ordenado de los acontecimientos pactados.
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