Vuelvo a la carga tras unos meses en los que sólo he escrito cosas pensando en mis alumnos. Además, son unos interlocutores inteligentes y atrevidos: comunicarse a diario con ellos es más interesante y divertido que escribir un post. Entiendo muy bien al locuaz Slavoj Žižek cuando se atreve a confesar que odia escribir.
Me viene Žižek a la cabeza tal vez porque acabo de regresar de un viaje a Eslovenia. ¡Me he enamorado de ese país! Es tan abierto como España y tan educado como Alemania, muy alejado de la tan cercana y horrible seriedad austriaca. En Carintia no he tenido la misma experiencia que Castro Rey: cuando uno recorre las calles de Klagenfurt y come en sus restaurantes comprende porqué allí gobierna Heider. Ha sido desagradable porque me ha resultado imposible separar lo político de cualquier gesto, por mínimo, natural y cotidiano que éste sea. La camaradería con el clima de la hierba es efecto de un modo de ser político y no algo previo a los votos y a las decisiones de la política. Se vota a Heider para asegurar y proteger esa camaraderia roussoniana o ésta viene a compensar o justificar esos votos. Es la misma contradicción que existe en la obligación de dar propina. ¿Obligación o don? La pulcritud del sur austriaco no es resultado del cuidado (sorge) sino de una meticulosidad obsesiva.
Liubliana, situada tan sólo a dos horas y media de Kärnten, no es pulcra sino hermosa. Los eslovenos son espontáneos y a la vez amables. Y sin un gramo de azúcar de más (como esa gente empalagosa que siempre parece fingir). En nuestro país ser espontáneo parece consistir en ser capaz de soltar exabruptos o hacer el loco y cualquier signo de educación resulta sospechoso (muchas veces con razón). En Eslovenia sencillamente nunca he sospechado de lo civilizado de los comportamientos, en parte porque su buen trato siempre conserva un resto de brusquedad, por ejemplo en la sincera energía con la que rechazan una propina.
Hay algo de mi recién descubierta simpatía hacia Eslovenia en mi simpatía hacia la confesión de Žižek, que sin duda se debe a la pesadez de la pulcritud que parece exigir la escritura. Si quiero volver a escribir, como alguna vez lo quise, voy a tener que aprender a hacerlo de otra manera.